domingo, 19 de diciembre de 2010

You make me wanna die

Sola, con unos tacones negros. En mitad de la noche camina, sin mas protección que su  abrigo rojo. Está atemorizada, pues cree que no podrá llegar a su destino sin sufrir ningún percance. Su reloj dorado marca las doce. Ve sombras entre la espesa niebla que cubre el Támesis. Tras haber cruzado el puente se detiene y se da cuenta que no está sola. Pregunta a la niebla sin obtener respuesta. Se da la vuelta y continua caminando. Muerde su labio para calmarse, era algo que solía hacer cuando estaba nerviosa. Gira tímidamente su cabeza hacia los lados esperando ver a alguien, pero nadie allí se encontraba. Se detiene cuando se da cuenta. Nadie la seguía, no una persona. Era algo peor, no temía el daño que otro pudiese infligirle. Continuó hasta llegar a un edificio. Entró, sacando una llave de su bolsillo mientras subía los escalones. Abrió la puerta y se dirigió a la cocina mientras se desnudaba. Allí, en un cajón, había una cuerda. Se la ató al cuello, no sin antes haber atado el otro extremo a un saliente del techo. De una patada apartó la mesa sobre la que estaba subida. Ella creía que aquel final sería mejor que tener que cargar con la culpa durante toda su vida.


La luz de la mañana se colaba por la ventana, chocando contra sus ojos. Se despertó junto al  cadaver de su marido con una estúpida sonrisa en la cara, quién diría que no volvería a ver salir el sol.

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