miércoles, 26 de octubre de 2011

Hacia las montañas

Todo arde a su alrededor. Ante sus ojos, cubiertos por unas antiguas gafas, la realidad se consume. Las llamas devoran aquella hierba sobre la que un día estuvo tumbado. Los árboles que le resguardaron del sol ahora caen a s paso. El ambiente, sombrío a causa de la ceniza, es irrespirable. Nada podrá escapar a su destino, no habrá un nuevo amanecer para lo que le rodea. Altas columnas ardientes se agitan en el cielo, como banderas que ondean al viento anunciando la victoria. Las aves, ahogadas, calcinadas, se precipitan desde el cielo, quedando incrustadas en la tierra caliente. El fuego crea explosiones, en depósitos de combustible y en otro productos inflamables, que agitan aun más el ambiente.  Desconoce hacia donde se dirige, no tiene un destino cierto, mas que hay más cierto que un sentimiento, como el que le hace avanzar entre aquellas tierras yermas, engullidas  por el fulgor de las llamas. 

Avanza sin rumbo, oteando el horizonte.


Se agacha. De uno de sus bolsillos agujereados saca un paquete de cigarrillos casi vacío. Saca uno, colocándolo entre sus dedos lo acerca al suelo. Se enciende sin más, al entrar en contacto con aquella superficie ardiente, que carboniza todo lo que a ella se aproxima. A medida que consume el cigarrillo con cada calada comienza a distinguir lo que parece un edificio que aun no ha ardido, que se resiste a desaparecer. Se acerca a él, sin prisa. Cuando ya casi ha terminado de fumar llega al lugar donde se encuentra aquel bloque, que aun, extrañamente, continuaba cubierto por un blanco inmaculado.

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